Tiempo Litúrgico

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

En este Domingo que sigue a la Fiesta de Pentecostés, celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Gracias al Espíritu Santo que ayuda a comprender las palabras de Jesús y guía a la verdad completa, los creyentes pueden conocer, por decirlo así, la intimidad de Dios. En este mundo nadie puede ver a Dios, pero Él mismo se dio a conocer de modo que, con el Apóstol San Juan podemos decir que: “Dios es amor”, “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él”. Quien se encuentra con Cristo y entra en una relación de amistad con Él, acoge en su alma la misma comunión trinitaria. Obra maestra de la Santísima Trinidad, entre todas las criaturas, es la Virgen María: en su corazón humilde y lleno de fe, Dios se preparó una morada digna para realizar el misterio de la salvación. El Amor divino encontró en Ella una correspondencia perfecta, y en su seno el Hijo de Dios se hizo Hombre. Con confianza filial dirijámonos a María, para que con su ayuda, progresemos en el Amor y hagamos de nuestra vida un canto de alabanza al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. Y de servicio en la caridad a nuestros hermanos. Amén

II DOMINGO DE PASCUA. DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

Ésta imagen se encuentra en la Capilla del confesionario, de nuestra parroquia.

La revelación

Cuenta Santa Faustina en su diario: “Al anochecer, estando en mi celda, vi al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido”.

“Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: ‘Jesús, en ti confío’. Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y [luego] en el mundo entero”.

Jesús le señaló: “Prometo que el alma que venera esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé como mi gloria”.

Otro día, estando Santa Faustina en oración, Cristo le dijo: “Los dos rayos significan la Sangre y el Agua. El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas”.

“Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de mi misericordia cuando mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza. Estos rayos protegen a las almas de la indignación de mi Padre. Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios”.

Santa Faustina contaba todo esto a su confesor, el actual Beato P. Miguel Sopocko, quien designó al pintor Eugenio Kazimirowski para que realizara la imagen según las indicaciones de la santa.

“Una vez, cuando estaba en [el taller] de aquel pintor que pintaba esa imagen, vi que no era tan bella como es Jesús. Me afligí mucho por eso, sin embargo lo oculté profundamente en mi corazón”, escribió Santa Faustina en su diario.

“Fui a la capilla y lloré muchísimo. ¿Quién te pintará tan bello como Tú eres? Como respuesta oí estas palabras: ‘No en la belleza del color, ni en la del pincel, está la grandeza de esta imagen, sino en Mi gracia’”.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Ha resucitado! Es la noticia que hoy nos es gritada, proclamada. Esta es la noticia que se nos da a conocer. La gran certeza que sostiene toda nuestra vida, la que le da sentido y valor.

Ha resucitado !!! No podemos seguir viviendo como si Cristo no hubiera resucitado, como si no estuviera vivo. No podemos seguir viviendo como si no se hubiera sometido todo al Resucitado. No podemos seguir viviendo como si Cristo no fuera el Señor, mi Señor.

Solo cabe buscar al Resucitado, como María Magdalena o los Apóstoles. O mejor aún, dejarse buscar y encontrar por Él.

Ha Resucitado !!! También nosotros podemos ver, oír, tocar esta Noticia: ha resucitado. No, no es un fantasma es real, muy real, Cristo vive y quiere entrar en tu vida, quiere transformarla.

No, nuestra fe no se basa en simples palabras o doctrinas, menos aún en simples costumbres y tradiciones, por muy bonitas que estas sean, incluso que nos hagan sentir bien, no es suficiente. Nuestra fe se basa en un Hecho, en un Acontecimiento, en un Persona, y esta Persona Ha Resucitado, está Persona es Cristo.

Si, verdaderamente Ha Resucitado el Señor, para ti, para mi, para cada uno de todos los hombres, de todos los tiempos y de todos los lugares, el Amor del Reucitado no tiene límites.

Hoy puede ser decisivo para ti y para mi, Él quiere entrar en tu vida con su presencia iluminadora y omnipotente. Es a Él, el mismo que salió del sepulcro a quien encuentras en la Eucaristía,

Ha Resucitado!!! La noticia que hemos recibido hemos de gritarla con todo el corazón y con toda nuestra fe a otros. Si de verdad hemos tocado a Cristo, si de verdad creemos que está vivo, que Ha Resucitado, tampoco nosotros debemos ni podemos callar lo que hemos visto y oído, lo que hemos experimentado en nuestra propia vida, el perdón, la misericordia, la compasión, el amor del Resucitado. No somos solo receptores. Cristo Resucitado nos constituye en heraldos, pregoneros de esta noticia. Una noticia que es para todos, una noticia que afecta a todos, una noticia que puede cambiar cualquier vida, por dura y difícil que esta sea.

Cristo Ha Resucitado !!! Cristo está vivo y te busca. Tú eres importante para Él. Ha muerto por ti, ha destruido la muerte, a vencido el mal. Te regala Su Vida Divina, te abre las Puertas del Paraíso. Tus problemas tienen solución, tu vida tiene sentido.

Nos dice el Señor: “He Resucitado y ahora estoy siempre contigo”

Feliz Pascua de Resurrección para todos !!!

Sábado dedicado a María.

Aprovechemos el Silencio del Sábado Santo para meditar los siete dolores de la Santísima Virgen María, rezando en medio de cada uno de ellos un Avemaria y un gloria.

  • 1. La profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús.
  • 2. La huida a Egipto con Jesús y José.
  • 3. La pérdida de Jesús.
  • 4. El encuentro de Jesús con la cruz a cuestas camino del calvario.
  • 5. La crucifixión y la agonía de Jesús.
  • 6. La lanzada y el recibir en brazos a Jesús ya muerto.
  • 7. El entierro de Jesús y la soledad de María.

Con María el Viernes Santo: “Una espada atravesará tu alma” (Lc 2, 35).

Santa María, el anciano Simeón te habló de la espada que traspasaría tu corazón, te habló del “signo de contradicción” que tu Hijo sería en este mundo. Cuando comenzó después la actividad pública de Jesús, debiste quedarte a un lado para que pudiera crecer la nueva familia, de los que están dispuestos a escuchar Su Palabra y cumplirla (Lc 11, 27). No obstante toda la grandeza y la alegría de los primeros pasos de la actividad de Jesús, tu Hijo, ya en la Sinagoga de Nazaret experimentaste la verdad de aquella palabra sobre el “signo de contradicción”. Así has visto el poder creciente de la hostilidad y el rechazo que progresivamente fue creándose en torno a Jesús hasta la hora de la Cruz, en la que lo viste morir como un fracasado, expuesto al escarnio, a las burlas y ofensas más bajas, y morir entre los delincuentes.


Recibieste entonces la palabra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). Desde la Cruz recibiste una nueva misión. A partir de la Cruz te convertiste en Madre de una manera nueva: Madre de todos los que quieren creer en tu Hijo Jesús y seguirlo. La espada del dolor traspasó tu corazón. Había muerto la esperanza? Se había quedado el mundo definitivamente sin luz, la vida sin meta, sin objetivo, sin sentido? Probablemente habrás escuchado de nuevo en tu interior en aquella hora la palabra del Ángel Gabriel, con la cual respondió a tu temor en el momento de la Anunciación: “No temas, María” (Lc 1, 30). Cuántas veces el Señor, tu Hijo, dijo lo mismo a sus discípulos: No teman!
En la hora de Nazaret el Ángel también te dijo: “Su Reino no tendrá fin” (Lc 2, 33). Acaso había terminado antes de empezar? No, junto a la Cruz te convertiste en Madre de los creyentes. Con esta Fe te has ido a encontrar con la mañana de Pascua. La alegría de la Resurrección ha conmovido tu corazón y te ha unido de modo nuevo a los discípulos. El “Reino” de Jesús era distinto de como lo habían podido imaginar los hombres. Este “Reino” comenzará en aquella hora y ya nunca tendrá fin. Por eso tú permaneces con los discípulos de Jesús como Madre suya, como Madre de la Esperanza, como Madre Nuestra, como mi dulce y tierna Madre llena de Amor, llena de Gracia.

VIERNES SANTO

La Liturgia de este día, Viernes Santo, es una conmovedora contemplación del misterio de la Cruz, cuya finalidad no es sólo conmemorar, sino hacer revivir en los fieles cristianos la Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. No podemos limitarnos a ser espectadores, estamos implicados también nosotros en la Cruz de Cristo, en este Camino de Dolor; mucho menos ser indiferentes ante la Gran Obra Divina de salvación para ti. Por eso debemos buscar siempre nuestro lugar.

Él Vía Crucis no es algo del pasado, no es solo para realizar una representación teatral, con frecuencia vacía, sin espíritu, sin conversión, y a veces, sin Dios. La Cruz del Señor abraza al mundo entero, atraviesa todos los Continentes, no se limita a una época, se hace presente en todo tiempo y lugar. La Cruz de Jesús es manantial de vida inmortal; es escuela de justicia y de paz; es patrimonio universal de perdón y de misericordia; es la máxima prueba permanente de amor por nosotros. Sus brazos clavados se abren para cada ser humano que esté dispuesto a aceptarlo en su corazón, y nos invita a acercarnos a Él, con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mi” (Jn 12, 32). A través del camino doloroso de la Cruz, los hombres de todas las épocas, reconciliados y redimidos por la Sangre de Cristo, han llegado a ser amigos de Dios, hijos del Padre Celestial, santificados por el Espíritu Divino. “Amigo”, así llama Jesús a Judas y le dirige el último y dramático llamamiento a la conversión. “Amigo”, así también nos llama a cada uno de nosotros, porque Él es verdadero amigo de todos, aunque no todos aceptan Su amistad, porque no todos logran percibir la profundidad de Su Amor y de Su Amistad. Jesucristo murió para liberar a toda la humanidad de la ignorancia de Dios, del círculo de odio y venganza, del amargo y destructor egoísmo, de la esclavitud del pecado.

La Cruz nos hace hermanos, la Cruz nos hace libres, la Cruz nos hace vivir amados, la Cruz nos enseña a amar, la Cruz gran escuela de humildad y de caridad en la verdad. Cristo, obedeciendo a la voluntad del Padre, se entregó a la muerte, convirtiéndose así, “para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna”. Obedecer a Cristo Sacerdote y Víctima significa aceptar como Él la Cruz de cada día, abandonándose con Él a la voluntad del Padre, “hágase Tu Voluntad”, hasta expresar a una sola voz con Cristo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).

JUEVES SANTO

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).

Dios ama a su creatura, ama al hombre; lo ama también en su caída y no lo abandona a su suerte. Dios nos ama a cada uno, nos ama profundamente, y nos ama hasta el fin, hasta el extremo: baja de su Gloria Divina. Se desprende de sus vestiduras de Gloria Divina y se viste con ropas de esclavo. Baja hasta la extrema miseria de nuestra caída. Se arrodilla ante nosotros y desempeña el servicio de esclavo; lava nuestros pies sucios, manchados por el pecado, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos lograr jamás.

Dios no es un Dios lejano, se abaja para estar cerca de nosotros, se hace esclavo para servirnos, por su inmenso amor. Dios nos lava los pies. Para esto ha venido al mundo, para purificarnos, para redimirnos. El baño con que nos lava es su amor, manifestado en su sufrimiento, en su entrega total y generosa, en su Muerte y Resurrección. Solo el Amor tiene la fuerza purificadora que nos limpia de nuestras impurezas y nos eleva a la altura de Dios. El baño que nos purifica es Él mismo, que se entrega totalmente a nosotros, desde lo más profundo de su sufrimiento y de su muerte. Él es continuamente este amor que nos lava. Se arrodilla en la Confesión para lavar nuestros pies y limpiarnos de toda suciedad del pecado. Su amor es inagotable, su amor es inmenso, su amor es purificador y sanador.

“Ustedes están limpios, aunque no todos” (Jn 13,10). Qué es lo que hace impuro al hombre? Es el rechazo al amor, el no querer ser amado, el no querer amar. Es la soberbia que cree que no necesita purificación, que se cierra a la bondad salvadora de Dios. Es la soberbia que no quiere confesar y reconocer que necesitamos de Dios, que necesitamos que Él nos purifique. El Señor nos pone hoy en guardia frente a la soberbia, frente a la autosuficiencia, frente a la prepotencia, y esta es la única que pone un límite a la bondad de Dios a su amor ilimitado.

Nos invita, por tanto, a imitar su humildad, a tratar de vivirla, a dejarnos contagiar por ella, nos invita a regresar a casa y sentarnos a la mesa con Dios, a entrar en comunión con Él.

“También ustedes deben lavarse los pies unos a los otros” (Jn 13,14). Qué significa en concreto? Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente de los más necesitados, de los que más sufren, de los menos apreciados, es el servicio de lavar los pies al prójimo. Aprendamos la humildad y la valentía de la bondad.

Pero hay más aún, lavarlos pues al otro es aprender a perdonarnos continuamente unos a otros, volver a comenzar juntos siempre de nuevo, aunque a veces parezca inútil, no dejar de practicar el perdón siempre.

Ayudándonos a entrar en el sacramento del amor infinito de Dios.
El Señor nos purifica, por eso nos atrevemos a acercarnos a su mesa. Pidámosle que nos conceda a todos la Gracia de poder ser un día, para siempre, huéspedes del Banquete Nupcial Eterno. Amén.